EL INÉDITO FESTEJO DEL MUNDIAL ’78: UNA CELEBRACIÓN EN MEDIO DE LA DICTADURA
La final del Mundial '78 desató una euforia masiva en Argentina, marcando el inicio de una tradición de festejos populares en un contexto de represión.

El 25 de junio de 1978, la Selección Argentina se consagró campeona del mundo al vencer a Holanda en la final del Mundial ’78, un evento que desató una euforia masiva en las calles del país. Este triunfo no solo significó un logro deportivo, sino que también marcó el inicio de una tradición de celebraciones populares en un contexto social y político marcado por la dictadura.
En las horas previas al partido, se vivía una atmósfera de expectativa. La FIFA había enviado la Copa del Mundo bajo estrictas medidas de seguridad, siendo custodiada por el Gral. Merlos en el estadio de River Plate. La copa llegó a su oficina en el Monumental, donde fue resguardada hasta el momento del partido, con un despliegue de seguridad que incluyó seis guardias que vigilaban la puerta toda la noche.
El día de la final, miles de hinchas se agolparon en las afueras del estadio, muchos de ellos confundidos por la presencia de operarios de la empresa estatal de luz, quienes casi son linchados por la multitud, que los tomó por hinchas holandeses. A pesar de la tensión, el ambiente era festivo, con banderas y gorros celestes y blancos.
Las entradas para el partido se convirtieron en un bien codiciado, con personas dispuestas a ofrecer autos y propiedades a cambio de un lugar en el estadio. Los clasificados en los diarios reflejaban esta locura: «Cambio auto chico modelo 72 por seis plateas para la final», se leía en uno de ellos.
El encuentro fue intenso y emocionante. Con goles de Kempes y Bertoni, Argentina se consagró campeona, desatando una ola de alegría que se extendió por todo el país. La imagen de la invasión de cancha y el Abrazo del Alma se convirtió en un símbolo de la celebración.
Lo más notable de este Mundial fue la magnitud de los festejos. En cada rincón de Argentina, desde las grandes ciudades hasta los pueblos más pequeños, la gente salió a las calles con banderas y cacerolas, celebrando un triunfo que representaba mucho más que un simple partido de fútbol. Era una oportunidad de expresión colectiva en un país que vivía bajo un régimen opresor.
El escritor Eduardo Sacheri destacó que el entusiasmo por el Mundial ’78 fue un fenómeno inédito, señalando que la gente salió a festejar porque tenía ganas de hacerlo, más allá del contexto político. Años después, el periodista holandés Kees Jansma también reconoció que, a pesar de las circunstancias, la gente estaba genuinamente feliz durante esos festejos.


